El jardín de las pasiones

Durante todos los años de su infancia Quidmi había oido maravillas a los adultos sobre jardín de las pasiones, pero siempre había tenido tanto miedo nunca acababa de estar suficientemente tentado de entrar.

Todo cambió aquel día, notaba que algo era diferente en él, algo pasaba dentro que no había sentido hasta aquella fecha y hora.

Quidmi se acercó a la enorme valla del jardín de las pasiones y recorrió su inmensa verja de marfil, cuando llegó a la entrada principal; descubrió que, a diferencia de los demás días, hoy estaba abierta.

Quidmi se interno conmovido por un espeso aroma de felicidad pero a la vez con un espantoso y terrible miedo.

El jardín de las pasiones se tornaba cada vez más hermoso, las flores eran cada vez más voluptuosas y bellas.

Las formas se tornaban redondeadas, de múltiples colores que brillaban al son de su corazón.

Entonces la vio, en el centro del jardín estaba la flor reina.

Totalmente embriagado por el aroma de su néctar se derrumbó; la flor abrió sus pétalos y le dejó entrar, él se deslizo suavemente y nadó por la miel cristalina de su interior.

No recordó como volvió a su casa, solo que, aquella noche, durmió y no se despertó jamás, mientras una gran sonrisa de felicidad permaneció en su rostro para el resto de los tiempos.

Ignacio F. Pantoja

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