El Niño azul

Había una vez, en un pequeño pueblo, un niño muy cariñoso al que todos llamaban Pedrito, y que disfrutaba mucho de la compañía de su familia y amigos.

Un buen día, la madre de Pedrito mandó a su hijo a comprar una pierna de cordero a la carnicería del pueblo de al lado.

No se te ocurra salirte del Sendero, le advirtió su madre, de lo contrario, Podrías perderte.

Pedrito le dijo que no lo haría,se despidió de ella con un beso y marchó a cumplir el encargo.

Pedrito iba de camino al pueblo de al lado, sin salirse del camino tal como había prometido a su madre, cuando una pequeña y traviesa ardilla se cruzó en su camino.

“¡Qué ardilla tan bonita!” pensó Pedrito, y comenzó a perseguirla y a correr detrás de ella hasta que, finalmente, la perdió de vista en el bosque que se encontraba a las afueras del pueblo.

Pedrito miró a su alrededor asustado ¡No sabía dónde estaba! nada de cuanto veía le resultaba familiar.

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Durante varias horas,intentó encontrar el sendero de nuevo,pero no conseguía orientarse, y empezó a sentir verdadero miedo ¿Qué pasaría con él? ¿Se lo comerían los lobos como en los cuentos que le leía su madre? ¿Podría soportar ella la pérdida de su único hijo? Pensando todas estas cosas,empezó a llorar y a gritar pidiendo ayuda.

¿Por qué haces tanto ruido? Preguntó una voz detrás de él.

Pedrito se dio la vuelta y vio que la voz pertenecía a un niño rubio y bajo que se tapaba los oídos con las manos, como si los lamentos de Pedrito fueran un estruendo insoportable para él. A Pedrito le llamaron la atención sus ojos, azules y profundos, que reflejaban una mezcla de curiosidad y melancolía que hicieron pensar a Pedrito que aquel no era un niño normal, y esta mirada hizo que Pedrito lo bautizara en su mente como “El niño azul”.

¿Quién eres tú y que haces aquí? Preguntó Pedrito, que ya no estaba asustado, pues la curiosidad le había ganado la partida al miedo.

Me llamo Juan, y todos los días vengo al bosque a esta hora para ver la puesta de Sol y recoger rocas y hojas para investigarlas en casa. Me gusta venir a este lugar, es tranquilo y predecible… Respondió el niño antes de volver a preguntar ¿Por qué haces tanto ruido?

Pedrito le contó lo que había pasado, a lo que el niño respondió:

Debes de ser del pueblo de Valdeaguas, porque del mío no eres. Me conozco las caras de todos sus habitantes y a ti nunca te había visto. Sé como podemos llegar hasta allí, sólo debemos caminar hacia el norte y siguiendo el curso Del río.

Pero,¿Cómo sabremos cuál es el norte? Preguntó Pedrito

Fijándonos en los árboles. Los líquenes que crecen en sus troncos siempre apuntan hacia el norte -respondió Juan- que sabía todo lo que había que saber sobre aquel bosque, que era para él su mundo.

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Pedrito se dio cuenta de que había algo en la mente de Juan que era especial: él tenía memoria fotográfica, pensaba en imágenes y de una manera muy organizada, siguiendo patrones repetitivos, lo que le permitía orientarse muy fácilmente en el bosque, o en cualquier otro lugar al que fuera.

Al cabo de un rato, Juan pudo ver la entrada a su pueblo, y se puso tan contento que quiso dar un grito de alegría, pero se contuvo, para no molestar al niño azul.

Cuando llegaron a la puerta de la casa de Pedrito, éste abrazó a Juan, quien, para su sorpresa, no se sintió incómodo ante este contacto físico repentino, y llamó a la puerta.

-¡Hijo mío!- Dijo al verlo su madre con lágrimas en los ojos, y apretándolo contra ella con todas sus fuerzas. -Gracias a Dios que estás bien y has conseguido volver a casa conmigo ¡No vuelvas a desobedecerme! ¡Te dije que te perderías si salías del sendero!

Siempre te haré caso,mamá,  dijo Pedrito, mientras la abrazaba fuertemente.

Tras unos segundos en los brazos de su madre, Pedrito se separó de ella, señaló a Juan y dijo:

Este es el niño azul, que me ha ayudado a volver a casa, y le contó a su madre lo que había ocurrido.

La buena mujer, al oír la historia, abrazó a Juan y le dio las gracias. Le pidió que se quedara a cenar con ellos, y le dijo que, aunque sentía que jamás podría pagárselo, siempre estarían allí para lo que necesitara, y que ella siempre le recibiría en su casa como si fuera un segundo hijo.

El niño azul se sintió tan feliz como sorprendido, pues, a pesar de su inusual cultura y buen corazón, la gente solía rechazarle por ser tan diferente de los otros niños de su edad, y sintió que, por fin, había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando: comprensión y cariño.

Los Relatos de Ignacio: El Baúl

Cuando Jurbert llegó a la casa de sus abuelos se puso muy contento.

“llego una hora antes”

Aun así, cogió la llave y abrió la puerta, miró hacia unas escaleras de caracol que aparecían nada más entrar.

Sus abuelos nunca le dejaban subir y a él siempre le había apetecido.

Pasó de largo, pero ¿y la curiosidad?

Con mucho tacto se cogió de la barra y pisó el primer escalón.

“quien sube un escalón puede subir más”

Y subió corriendo la escalera, al final había una puerta, la abrió y rechinó en el suelo.

Había un pequeño cuarto con un gran baúl. Se acercó a él para abrirlo pero pegó un brinco cuando oyó una voz infantil dentro.

-¿Quién anda ahí?- dijo la voz Jurbert no contesto.

-¿T-u eres nuevo, verdad?

-Soy Jurbert- respondió asustado el chico.

-Hola Jurbert yo me llamo Amb.

-¿Que haces ahí dentro?

-Estaba jugando y me he queda atrapada-dijo la voz

-Pero… no entiendo

-Si abres el baúl, podre jugar contigo –

¿Como…-dijo Jurbert algo preocupado- puedo abrirlo?

-¿Ves esa llave que hay en la pared?- dijo la voz

-Si- respondió Jurbert

-Cógela y métela en la cerradura-contesto la voz

Jurbert cogió las llaves y se aproximó a la cerradura.

-¡Muchas gracias!- dijo la voz con mucho entusiasmo.

Tras abrir la cerradura Jurbert solo vio algo salir, era como una sombra, no era humana.

Después de una hora, su abuela estaba en ese cuartito llorando horriblemente y el abuelo sostenía su nieto, ahora pálido, con los ojos en blanco , frío…muerto.

 

 

Ignacio Pantoja

Los Relatos de Ignacio: Paraíso

Haffimow se sentó en la fina capa de arena que le proporcionaba suavidad, dejo que sus pies entraran con paciencia en la dulce agua que corria entre las islas.

Desde allí lo vio, un montón de islitas y entre ellas el agua llena de peces de colores, los habitantes de allí no le temían a nada, ni a los tres soles ni a las siete lunas.

Pronto Haffima se acercó a él y metieron la cabeza debajo del agua , bebieron y sacaron la cabeza, rieron.

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Se acercaron a un geiser con agua dulce y subieron la catarata de rocas y la cascada hasta la fuente enorme con arcoíris de arriba.

Desde arriba pudieron ver sirenas cantando y ángeles que repartían frutas de un millón de colores en su vuelo.

Eran muy felices.

 

Ignacio Pantoja

Los Relatos de Ignacio: El Corazón del Bosque

Desde que existen los seres humanos en este mundo, no, mucho antes, vago por aquí.
Nunca he dejado de existir, por lo menos desde que tengo memoria, o desde que tienen memoria los árboles.
Siempre he estado aquí, y aquí seguiré. Antes el espacio en el que me movía era mayor; ahora hay menos verde en este mundo.

Pero siempre existió el “aroma”.

El aroma me indica el camino para regresar a mi hogar cada año, solo un día, al corazón del bosque.


El aroma es eso que permite que los seres humanos piensen, no que razonen; más bien, es su instinto.

El instinto es aquello que los ancla a la naturaleza, lo que los hace animales.

Que vivan, pero también que mueran.

El aroma está por todas partes, salió del corazón del bosque y se extiende por las ciudades. Dicen que está dentro de las maquinas, incluso en cada animal o persona.

¿Pero qué sería realmente el aroma? No puedo explicarlo con palabras de ningún idioma. Solo sé que existe desde siempre, al menos desde que yo recuerdo, y sé que seguirá después de que muera el último hombre.

Cuanto más me acerco al corazón del bosque, el aroma es mayor, y llega un momento en que no hay ningún ser humano cerca, ni ningún producto suyo que viole la impenetrabilidad del corazón del bosque.
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El aroma está por todas partes, salió del corazón del bosque…

Y allí lo veo, solo se abre un minuto al año y puedo contemplar una luz que no es común, sino que es sagrada, no está hecha de física… y dentro de ese aura, una especie de huevo se abre y aparece un bebé menudo con los ojos entrecerrados y la boca abierta, como en un gozo de algo que empieza siempre.

Lo miro y lo miramos todos los demás. El aroma sale de esa voz, una voz que no es una voz, sino un aliento que impregna el mundo…

Y ahí entonces se cierra y todo cae en las tinieblas por unos instantes, el aroma se expande y cada cual empieza a retornar a su sitio en el mundo.
Todo empieza y acaba.

Ignacio Pantoja